“Es un partido de fútbol”. La frase de Lionel Scaloni, pronunciada en la previa de una nueva semifinal mundialista entre la Argentina e Inglaterra, aporta la serenidad necesaria para descomprimir un encuentro inevitablemente cargado de simbolismos. Tiene razón el entrenador: dentro de la cancha habrá solamente un partido de fútbol.

Pero también es cierto que, para los argentinos, hay acontecimientos que exceden el resultado deportivo. Un Mundial moviliza emociones, recuerdos e identidades que atraviesan generaciones. Y cuando enfrente aparece Inglaterra, la historia inevitablemente asoma en la memoria colectiva, aunque nunca deban confundirse el fútbol y la guerra.
El propio Scaloni, técnico de la selección nacional, recordó la historia de un chico de siete años que, durante un acto por el 9 de Julio, habló de Messi, de la Selección, del Mundial y también de Malvinas. Esa escena revela una verdad profunda: son muy pocos los temas capaces de atravesar a toda la sociedad argentina sin distinguir edades, ideologías, clases sociales o pertenencias futbolísticas. La Selección Nacional y la causa Malvinas son, probablemente, los dos más representativos.
Durante un Mundial, las camisetas de River, Boca, Racing, Independiente, San Lorenzo y de todos los clubes quedan, por un rato, a un costado. La celeste y blanca se convierte en el único color. Algo semejante ocurre cada 2 de abril, cuando la memoria de Malvinas vuelve a reunir a los argentinos alrededor de una historia común, del homenaje a quienes combatieron y de un reclamo de soberanía que permanece vigente.
Como excombatiente, esa relación entre Malvinas y el fútbol nunca me resultó extraña. Por el contrario, siempre formó parte de una misma identidad. Recuerdo que el 13 de junio de 1982, mientras en las islas atravesábamos las horas decisivas de la batalla final, la Selección Argentina debutaba en el Mundial de España y Diego Armando Maradona jugaba por primera vez una Copa del Mundo.
En medio de la guerra, también nosotros pensábamos, aunque fuera por un instante, en ese pedazo de vida que seguía existiendo del otro lado del océano. El fútbol nos permitía aferrarnos al país al que queríamos regresar. Era una ventana hacia la vida cotidiana que habíamos dejado atrás, mientras alrededor nuestro todo hablaba de muerte, miedo e incertidumbre.
Cuatro años después llegó el Mundial de México de 1986. Y con él, aquel partido inolvidable frente a Inglaterra. Diego convirtió primero el gol de la Mano de Dios y, pocos minutos más tarde, el mejor gol de la historia del fútbol. Para millones de argentinos fueron dos gritos inmensos. Para quienes habíamos estado en Malvinas tuvieron, además, una emoción difícil de explicar.
No fue una revancha de la guerra, porque ninguna victoria deportiva puede reparar una guerra, recuperar las vidas perdidas ni borrar el dolor de lo vivido. Pero sí fue, en lo más profundo de nuestros sentimientos, una pequeña revancha simbólica. Una alegría que necesitábamos. Un desahogo colectivo después de tanto silencio, tanta incomprensión y tanta tristeza.
Los abrazos de aquellos goles fueron eternos. Quienes habíamos regresado de las islas nos abrazamos pensando en nuestros compañeros, en los que no volvieron, en la derrota de 1982 y en un país que durante mucho tiempo prefirió no mirarnos. Fue un abrazo de gol que todavía perdura, porque hay alegrías que quedan para siempre y que nunca se olvidan.
Diego no cambió la historia de la guerra, pero nos regaló una felicidad capaz de dialogar con aquella herida. Con la mano y con la zurda construyó dos imágenes que ingresaron definitivamente en la memoria popular argentina. El primero fue la picardía, la irreverencia y la rebeldía. El segundo, una obra de arte que recorrió el mundo y que todavía nos emociona cada vez que volvemos a verla.
Hoy son mis hijos quienes me invitan a compartir los partidos de la Selección. Como antes lo hicimos con Diego y ahora con Messi, esos encuentros también construyen memoria. Son relatos, abrazos y emociones que pasan de una generación a otra. El fútbol se convierte así en una forma de contar nuestra historia y también de transmitirla.
Nadie debería confundir un partido de fútbol con una guerra. Son dimensiones completamente diferentes. Pero tampoco puede desconocerse que existen símbolos, recuerdos y pasiones capaces de expresar el sentimiento de un pueblo.
En nuestro país hay pocas causas verdaderamente transversales. Malvinas y la Selección son dos de ellas. Nos convocan más allá de nuestras diferencias, nos permiten reconocernos en una historia compartida y nos recuerdan que seguimos siendo parte de una misma comunidad.
Porque, al final, la Argentina, la pasión, el fútbol y Malvinas nos unen.
Fuente: P12