Presentados como unos Juegos Olímpicos “sin límites”, los Enhanced Games inauguran una nueva fase de convergencia entre espectáculo global, dopaje habilitado y negocios biotecnológicos. Financiado por magnates de Silicon Valley como Peter Thiel, el evento promueve el uso de sustancias y tecnologías de “mejora humana”, transformando a los atletas en plataformas de experimentación para una industria obsesionada con optimizar el cuerpo, prolongar la vida y convertir la biología humana en un mercado. Detrás de una retórica de ciencia, innovación y excelencia, emerge una arquitectura de desigualdad donde las jerarquías raciales y económicas siguen definiendo quién obtiene los beneficios del “progreso” y quién carga con sus riesgos.

El próximo 24 de mayo, Las Vegas será el epicentro de un experimento que condensa la cara más brutal del capitalismo racial avanzado: los Enhanced Games. Bajo la promesa de superar los límites biológicos de nuestra especie, este espectáculo deportivo —financiado por la élite de Silicon Valley— nos ofrece una ventana privilegiada a la distopía que el supremacismo blanco diseña para el resto de la humanidad. El hecho de que el evento se emplace en una de las capitales globales del entretenimiento más que una coincidencia geográfica es una estratégica espectacularización de la experimentación humana que busca normalizar estas prácticas ante las grandes audiencias. A diferencia de los Juegos Olímpicos tradicionales, que sostienen un régimen estricto de regulación biomédica sobre lo que se considera un rendimiento “natural” o legítimo, este evento promueve activamente el uso de mejoras farmacológicas y biotecnológicas bajo una supuesta supervisión médica, transformando el cuerpo en una mercancía del espectáculo.
Detrás del marketing “pro-ciencia”, los juegos funcionan como un marketplace biotecnológico destinado a validar comercialmente sustancias y tratamientos prohibidos y/o restringidos, utilizando a los atletas como sensores de datos para empresas que buscan patentar la “mejora” humana. En el centro de este entramado aparece la figura de Peter Thiel, el magnate tecnológico y cofundador de PayPal y Palantir que hoy reside en Argentina y quien, a través de su fondo de inversiones, Founders Fund, financia este circo mediático. Su búsqueda no es la excelencia deportiva ni extender la vida deportiva a los atletas como falsamente declaran, sino acelerar el hallazgo de una “cura contra el envejecimiento”; una meta de vida eterna que lo ha llevado a financiar desde la criogenización hasta la manipulación genética radical para una élite elegida.
Para Thiel, instalado hace unas semanas en Buenos Aires, su apoyo entusiasta al gobierno de Javier Milei responde a la búsqueda de un territorio de desregulación absoluta, un laboratorio social donde el tecnofascismo pueda operar sin las “trabas” éticas o estatales de los países centrales. Milei vendría a ser el facilitador de una zona de libre experimentación donde el capital y la biotecnología se fusionen sin rendir cuentas a la justicia distributiva ni a la dignidad humana. Esta alianza consolida una política que combina la subordinación geopolítica con el rechazo a las agendas que cuestionan las deudas históricas del racismo, tal como se vio en el reciente voto argentino en la ONU contra la memoria de la esclavitud.
Lo que veremos en Las Vegas revela una asimetría racial que parece calcada de una pesadilla colonial: mientras los atletas que pondrán su salud en juego bajo el consumo de sustancias experimentales son mayoritariamente personas negras, algunos provenientes de geografías devastadas por la lógica extractivista, los mecenas que organizan el show son en su mayoría hombres blancos multimillonarios. Esta dinámica convierte el cuerpo negro en una “zona de sacrificio” biotecnológica, pero ahora bajo un lente hollywoodense para que el público asuma la eugenesia de mercado como un consumo cotidiano e inevitable. Al igual que en el racismo ambiental que enfrentan nuestras comunidades, aquí el costo biológico del “progreso” se descarga sobre los sujetos racializados para que en un futuro próximo una casta superior pueda divorciarse de la muerte y del resto de la humanidad “natural”.
El transhumanismo que impulsa Thiel busca que la lotería genética sea reemplazada por la capacidad de pago, lo que profundizaría las brechas biológicas hasta hacerlas irreversibles. El alineamiento incondicional de Milei con esta arquitectura de la blanquitud es la aceptación de un modelo donde lo humano se reduce a lo capitalizable. Así como en el apartheid porteño de Jorge Macri se administra de forma diferencial la humanidad de quienes pueden (o no) transitar la Ciudad de Buenos Aires, el transhumanismo busca administrar de forma diferencial el derecho mismo a existir. Los juegos en Las Vegas son el tráiler de una narrativa que utiliza los cuerpos del Sur Global como “ratas de laboratorio” para financiar el olimpo privado de Silicon Valley.
Fuente: P12